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Hace unas semanas estuve a punto de darme un tiro. El teléfono de esta oficina sonaba y sonaba y sonaba y aló, aló, aló, hasta que me enojé con el mundo y (ahora lo admito) descolgué el aparato y atendí lo que en ese momento era más importante que cualquier cosa en el mundo: terminar de leer "Verdor", el primer cuento del libro Historia de El Rey del Honka-Monka, un cuento de 45 páginas que desde la primera, durante la segunda y hasta la última me tuvo, cómo decirlo, aplaudiendo.
A ver me explico (aunque para qué, sería mejor que cada uno busque el cuento y ya). A Tomás González me lo venían recomendando varios amigos. Pero como la vida es tan dura y uno no puede leer todo a la vez, tuvieron que pasar unos meses hasta que por fin lo tuve. Compré el libro en una feria y no fue sino abrirlo para decir ¡Por Dios!, qué narrador más delicioso. Ya no hay que explicar nada más. Si a uno un escritor lo hace descolgar el teléfono, ignorar todas las tareas pendientes, hacérsele el bobo al jefe, ahí, creo yo, hay un maestro.
Para los que no saben, Tomás González es colombiano. Vivió muchos años en Estados Unidos (algunos de sus cuentos suceden allá), donde trabajó como traductor y se dedicó, basicamente, a seguir escribiendo. Hace poco volvió a Colombia, pero los que lo conocen personalmente dicen que es tímido y que prefiere estar lejitos de los medios (lo que me parece muy bien). Me hace pensar en J.D. Salinger, el escritor norteamericano que, dicho sea de paso, acaba de morir y de quien les prometo post próximamente, cuando relea sus cuentos.
Yo no soy crítica literaria, así que no voy a entrar a tratar de traducir en palabras las emociones que me dejaron "Verdor" y los otros cuentos de este libro. Yo solamente los voy a dejar con el primer párrafo. Ojalá pudiera tener una maquinita para detectar a los lectores que salen corriendo a comprarlo o a prestarlo en la biblioteca, que apagan sus celulares y se entregan al placer de leer a este tremendo maestro de la narrativa colombiana. Los dejo pues:
VERDOR
Después de la tragedia se quedaron todavía por un tiempo en Bogotá. Pasadas las molestias del entierro, las palmadas en el hombro, la piedad de gente que apenas conocía, él perdió la fortaleza que se le había visto después de la noticia y durante las ceremonias que siguieron. Y entonces a ella, que había sufrido de desmayos primero y luego había sido sacudida por crisis nerviosas que debieron ser calmadas con enormes dosis de Valium, le tocó oírlo llorar a altas horas de la noche, encerrado en el baño, con gemidos contenidos de persona corpulenta.
Lean a Tomás González, en serio. Aquí hay una entrevista publicada por la Revista Arcadia en abril de 2006, y en los siguientes enlaces hay reseñas de algunas de sus otras obras. Pónganlo en lista, es una dicha, repito.
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